27 de mayo de 2017

Últimos pasos por la gran manzana.

Poco a poco el viaje va tocando a su fin. Echo la vista atrás y me parece increíble que haya pasado ya una semana entera. Pero así es. Siempre que salgo fuera, los primeros días transcurren de una manera lenta pero conforme estos van pasando soy consciente de que el tiempo transcurre mucho más deprisa. Una vez que te haces al lugar y a su gente es inevitable que incluso una pequeña rutina te invada. 


Hoy afortunadamente no madrugamos y aprovechamos para descansar después de la paliza que supuso nuestro viaje a la ciudad de Washington. Preparamos la comida y nos dirigimos a Central Park para un improvisado picnic. A pesar de que el día no es especialmente soleado comprobamos como los neoyorquinos siguen haciendo uso de este parque intensamente. No deja de resultar paradójico que se levanten la máxima cantidad de edificios posibles y que todo el suelo disponible se construye, pero que después se aferren a este reducto de naturaleza como si fuese su bien más preciado. ¿No sería mejor entonces hacer un crecimiento más sostenible e integrado con la naturaleza? Queda claro que nos aporta muchos beneficios y que la buscamos para descansar, desconectar, hacer deporte... Ahí queda mi reflexión.


El plan para hoy es visitar el museo metropolitano de Nueva York, otro de los imprescindibles en una visita a esta gran urbe. Y la verdad  es que no decepciona. Si es cierto que este tipo de museos, al igual que el British Museum en Londres o el Museo del Louvre en París despiertan en mí sentimientos encontrados, ya que, es inevitable sentir el expolio que se ha realizado en los países de origen para conseguir estas colecciones. Aunque por otra parte, hay que ser realistas y decir que de no haberse recuperado a tiempo algunas piezas, éstas no existirían hoy ya en sus países de origen.

Las zonas dedicadas al arte egipcio y romano son impresionantes, con multitud de esculturas, utensilios de la vida diaria e incluso templos completos que fueron desmontados piedra a piedra y vueltos a reconstruir en el interior de este gigantesco edificio. 


Invertimos todo el mediodía y parte de la tarde en explorar la mayoría de las salas de este edificio, situado en el medio este de Central Park. 


Vamos ahora a disfrutar de una vista diferente de la ciudad de Manhattan a bordo de un teleférico, no muy conocido para los turistas. Se trata como os digo de un teleférico que pertenece a la red de transporte público local y que sirve para transportar a los neoyorquinos desde la isla de Manhattan hasta la isla Roosevelt situada en mitad del East River. Esta isla se encuentra localizada entre Manhattan y El Barrio de Queens. Como todo suelo disponible es poco, la isla esta densamente poblada y edificada, la mayoría con edificios de alquiler o viviendas de protección social. El trayecto apenas dura cinco minutos pero ofrece unas vistas de la zona este de Manhattan espectaculares. Hacemos el trayecto de ida y vuelta disfrutando de las vistas a ambos lados de la línea del teleférico. Divisamos el edificio de las Naciones Unidas y al fondo una bonita imagen del edificio Chrysler. Resulta curioso como la cabina pasa muy cerca de varias torres de rascacielos y al pasar, se pueden ver los baños y dormitorios de la gente que vive allí. Imagino que nadie pensaría en no tener privacidad viviendo en un piso 25.


Desde la zona este de Manhattan nos dirigimos ahora al barrio de Chelsea justo en la zona oeste. Allí vamos a recorrer lo que sería el equivalente a una vía verde urbana. Se trata del antiguo trayecto elevado de un tren que recorría Manhattan y que tras haber sido desmontado se ha aprovechado su recorrido para hacer un parque lineal. Se concibió como una pasarela verde elevada y parque sobre los raíles de una antigua vía ferroviaria. Aprovechando que el sol ha salido y que es media tarde, el trayecto se encuentra abarrotado de gente. Peatones que lo hacen en ambos sentidos y multitud de gente sentada o tumbada en los pequeños parques, asientos y tumbonas que se encuentran diseminados por todo el recorrido. En esta ciudad vemos como cualquier pequeño trozo de césped es aprovechado por sus ciudadanos para sentarse a trabajar con el ordenador, descansar o realizar actividades al aire libre. 

La verdad es que con esta iniciativa han conseguido una pequeña vía de escape natural en el interior de la isla de Manhattan, completamente rodeado de mastodónticos edificios. 


 

Y así caminando llegamos a otro de los lugares emblemáticos de este barrio que es del mercado de Chelsea. Se trata de un mercado en la planta baja de un gran edificio en el que abundan principalmente tiendas de alimentación y pequeños restaurantes. La peculiaridad del lugar, además de la belleza arquitectónica, reside en su oferta multicultural ya que se pueden encontrar comidas y especias de prácticamente todos los lugares del mundo. 


 Nos perdemos entre sus tiendas y locales hasta que emprendemos el regreso en metro al apartamento. Hacemos nuestra última compra de comida en el supermercado de la cadena Key Food que tenemos al lado de la estación de metro donde salimos y que ha sido nuestro lugar de compra habitual. Cómo siempre, el supermercado se encuentra refrigerado en exceso, lo cual agiliza el proceso de compra y creeemos que el grado de conservación de las cajeras.


Os emplazo a la última entrada de este viaje para saber como termina nuestra aventura por las Américas.



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26 de mayo de 2017

No hay garajes en Nueva York.

Cambiamos el título de la canción de Mecano No hay marcha en Nueva York, por este otro, mucho más apropiado. Es algo que nos ha llamado profundamente la atención desde que llegamos. ¿Dónde aparcan los coches los más de 1.600.000 habitantes de la isla de Manhattan? Poco a poco vamos resolviendo dudas. Y es que un 70% de sus habitantes carecen de vehículo. La mayoría de los edificios son muy antiguos y carecen de garaje en los bajos. Además el subsuelo de la isla de Manhattan es de roca lo que hace muchas veces muy difícil su excavación. Los edificios construidos más recientemente o los de las zonas más caras de la ciudad sí que poseen garaje. Pero aquí la mayoría de la gente hace sus trayectos en transporte urbano. Además los impuestos que hay que pagar por circular dentro de la gran manzana son muy altos lo que hace que, en la práctica, tener un coche aquí sea considerado como un artículo de lujo. 


La entrada del blog de hoy aglutina lo que hemos hecho en dos días ya que por motivos logísticos no me ha sido posible actualizarlo diariamente. La mañana del miércoles la hemos invertido en visitar el MoMA, el museo de arte moderno de Nueva York. Se trata de un moderno edificio cerca del Rockefeller Center, entre la quinta y la sexta avenida. Es un edificio que ha sufrido sucesivas ampliaciones conforme el museo ha ido ganando importancia. Lo más destacado del museo son los Picassos, entre los que se encuentra Las señoritas de Avignon, y famosas obra de Van Gogh como La noche estrellada. Tenemos una breve discusión sobre sí los cuadros que vemos son los originales o son reproducciones que tiene el museo para exhibición ya que los medios de seguridad que hay en las salas de exposición son bastante escasos. Hay bastantes cuidadores en la salas de exposiciones, pero que difícilmente pueden hacer algo si alguien quiere tocar un cuadro o si desea dañarlo deliberadamente. De hecho delante de nosotros una persona toca con el dedo un Picasso para ver si era en relieve o plano sin que nadie le haya evitado poder hacerlo. 

El resto de la exposición no nos deja indiferentes. Con esto del arte moderno muchas veces no sabes si realmente lo que estás contemplando es arte o si estás en un video de cámara oculta y te están poniendo a prueba. Lo de colgar un lienzo completamente en blanco en una pared y pretender darle un significado artístico se me antoja bastante ambicioso. Pero a juzgar por la gran cantidad de gente que lo visita, más de dos millones y medio de visitantes cada año, está claro que es un museo que no pasa desapercibido y que es considerado como un referente artístico mundial y un museo de los obligada visita en New York. 


 

Comemos un improvisado picnic en una plaza frente al museo. Ahí sacamos nuestros tuppers y nos camuflamos con el resto de neoyorquinos que comen de la misma manera. Se nos antoja un poco triste el tener que trabajar y disponer tan solo de un breve espacio de tiempo para salir a comer algo rápido sentado en un banco para luego volver a reincorporarte al trabajo. En España tenemos una cultura mucho más ordenada y placentera con respecto a la comida. 


Caminamos hasta Central Park y allí cogemos de nuevo el metro para acercarnos hasta el barrio de Harlem. El plan es localizar alguna iglesia para asistir al servicio de los miércoles por la tarde y poder ver una misa góspel. Nada más salir de la boca del metro vemos como el barrio ha cambiado por completo. Las entradas y las salidas del metro de Nueva York muchas veces te hacen sentir que estás inmerso en algún programa del tipo lluvia de estrellas ya que entras en un barrio con unas características concretas y sales en otro completamente diferente. En este caso salimos en un barrio de casas bajas que no ocultan pertenecer a una clase social más baja y en el que el 95% de las personas que pasan por la calle son de color. Nos sorprende la gran cantidad de peluquerías y salones de belleza que pueblan los bajos comerciales de algunos inmuebles, lo cual deja ver la importancia que le dan a la estética los afroamericanos.


Localizamos la iglesia de "Greater Refuge Temple" que tiene servicio a las 18:45 y hacemos tiempo paseando por las calles de este característico barrio. Una vez en la iglesia comprobamos que más de la mitad de los asistentes son turistas que al igual que nosotros se acercan con curiosidad a contemplar uno de estos originales servicios religiosos. Estas celebraciones pueden durar entre dos y tres horas, sobre todo los domingos que es el día grande para ellos. La que se celebra hoy miércoles es una especie de ensayo o preparativo.  


 

La misa no deja de ser peculiar. A pesar de que todos tenemos una idea de estas misas al haberlas visto en televisión o en películas, lo cierto es que no dejan de sorprender vistas en directo. El pastor viste de calle. La vistosas vestimentas de las muleras. Pero sobre todo lo participativas que las hacen. Se suceden toda clase de cantos, himnos, gritos espontáneos de ¡Hallelujah! y la participación de personas del público que salen a contar sus experiencias personales y de cómo encontraron a Dios. Además, dos personas traducen todo lo que se dice al español y después al francés, con lo que si ya escucharlo una vez en su idioma original es largo, imaginad si hay que esperar a que todo se traduzca doblemente.

Tras más de una hora sienta-levanta, levanta-sienta, aprovechamos que una de las participantes pide colaboración para que el público salga al escenario con ella para hacer "mutis por el foro" (nosotros y la mitad de los allí presentes que huyen en desbandada). Hemos tenido suficiente con esta experiencia religiosa, y con el "cante" que daba el que teníamos sentado delante nuestra. 


Finalizada nuestra incursión en el barrio de Harlem cogemos el metro para volver temprano a casa ya que mañana tenemos un madrugón importante para visitar la ciudad de Washington. 


Y así llegamos al siguiente día, jueves. Y cuando digo madrugón me refiero a levantarnos a las 3:30 de la mañana ya que a las seis tenemos que estar cogiendo el autobús de línea que nos lleva de New York a Washington. Como la frecuencia del metro por la noche disminuye y casi tenemos una hora hasta la parada del autobús salimos a las 4:30 de la apartamento. El día con el que nos levantamos es bastante desapacible y llueve intensamente. La parada del autobús es al aire libre por lo que tenemos que hacer frente a las inclemencias del tiempo mientras esperamos para poder montarnos. Nos llama poderosamente la atención como el autobús se encuentra en la parada 20 minutos antes, con el conductor y el personal que lo atiende en el lugar, pero no son capaces de abrir para que la gente pueda subir y esperar dentro sin mojarse. 


 

El viaje en autobús son cuatro horas y media. Como hemos dormido poco, el viaje de ida lo hago prácticamente durmiendo. Rober me acompaña, mientras Ru vigila. Viajamos en la parte de abajo de un autobús de dos pisos y se agradece que vaya lleno a la mitad, lo cual nos la posibilidad de no llevar acompañante en el asiento de al lado y poder disfrutar de un poco más de espacio durante el viaje. Así que debo decir que prácticamente no me he enterado del desplazamiento. Durante todo el trayecto llueve intensamente, pero afortunadamente deja de llover a nuestra llegada a Washington. Y no solamente deja de llover sino que el sol nos acompañará ante buena parte de la jornada. 

Desde la estación podemos acercarnos a pie a todos los lugares, monumentos y museos que queremos visitar, ya que estos se encuentran muy céntricos y próximos entre sí, en la zona denominada "National Mall". Pasamos por las Corte Suprema de Estados Unidos y la biblioteca general del congreso. llegamos hasta el Capitolio, majestuoso e impresionante edificio sede de las dos cámaras del Congreso de los Estados Unidos. Es un claro ejemplo del Neoclasicismo arquitectónico estadounidense. Rodeamos el edificio y llegamos hasta la inmensa explanada ajardinada que conecta con el memorial a Lincoln. En este largo paseamos dejando a un lado y a otro los múltiples museos que se encuentran en la ciudad de Washington D.C. Destacar que la mayoría de ellos son de entrada gratuita. En este trayecto pasamos por el gigantesco obelisco homenaje a George Washington y desviándonos hacia la izquierda nos acercamos hasta visitar los exteriores La Casa Blanca. 

Se suceden los monumentos de recuerdo a los soldados americanos caídos en las diferentes guerras en las que Estados Unidos ha participado, como por ejemplo la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea. Agradecemos que el buen tiempo nos acompañe durante esta visita a pie ya que lloviendo no hubiéramos podido visitar los diferentes monumentos. 

Comemos sentados en las escaleras del monumento a Abraham Lincoln junto con la inmensa cantidad de visitantes que se concentran en estos momentos. Contemplamos desde la escalinata el lugar en el que Martin Luther King proclamó su famoso discurso "I have a dream" el 28 de agosto de 1963, durante la Marcha en Washington por el Trabajo y la Libertad. Abruma imaginar los miles de personas que abarrotaron el vasto espacio que se abre ante nosotros. Disponemos de tiempo hasta las 17:30 de la tarde para visitar el museo del espacio y de la aviación y ponernos en contacto con la aeronautica y la evolución de la historia espacial de la humanidad y en concreto de los Estados Unidos. 


 

Como si hubiéramos contratado el tiempo para la excursión, comienza a llover intensamente de nuevo cuando emprendemos el regreso a la estación de autobús.  Aunque llegamos bastante mojados a la misma,  agradecemos que nos haya respetado el día. 

El viaje de vuelta en autobús no se va a hacer tan cómodo como el de ida. Salimos con 45 minutos de retraso, el autobús va completamente lleno, llueve intensamente todo el camino de regreso y el conductor ha debido obtener el permiso de conducir en la tómbola de los camellos. Durante las cuatro horas y media de retorno se suceden tal cantidad de acelerones y frenazos que hacen prácticamente imposible cualquier actividad a bordo. Ya para rematar, el aire acondicionado está a su máxima intensidad obligándonos a ponernos toda la ropa que llevamos encima y aún así, pasado frío.


Y así, congelados y mareados, llegamos a Nueva York a las 00:30 de la noche. Solo nos resta coger de nuevo el metro para llegar a la apartamento. Tras casi 23 horas en pie damos por finalizado este largo día, pero contentos a pesar del cansancio ya que la visita nos ha gustado mucho. 


Vamos enfilando la recta final del viaje. Aún nos quedan dos días completos y esperamos aprovechar al máximo para ir cerrando todas las cosas que teníamos revisto ver.


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24 de mayo de 2017

Contrastes.

Así es. Además de ser la ciudad que nunca duerme, New York es una ciudad de contrastes. Y para ver alguno de esos contrastes hoy vamos a realizar por la mañana una excursión que lleva precisamente ese nombre. Así que madrugamos de nuevo. Comenzamos a la 08:45 en la séptima avenida, con lo que para las siete y media estamos ya montados en el metro. Se nota que es primera hora y los vagones van congestionados. Encontrar sitio para sentarse es imposible y es necesario empujar para conseguir que cierren las puertas.


Llegamos puntuales a nuestra cita y nos juntamos con el resto de personas que esperan para la realización de alguno de los múltiples tours que se ofertan. Poco a poco todos van encontrando el suyo hasta que el nuestro es el último en salir. Con otras 10 personas nos introducimos en un microbús que nos va a llevar por diferentes zonas fuera Manhattan durante las próximas horas.


 

La idea es conocer otras realidades de la ciudad de Nueva York, que pasan desapercibidas en la isla de Manhattan, y desmontar también algunos clichés que se han quedado anclados a algunos barrios.


Recorremos Manhattan hacia el norte paralelos al río Hudson, y contemplamos el complejo residencial de apartamentos residenciales Trump. Ya os imagináis quien es el propietario. Divisamos también el famoso Cotton Club del barrio de Harlem. Mítico lugar de música en vivo donde actuaba gente de color, regentado por gente de color pero solamente de acceso a personas blancas. Discriminacion dentro de los discriminados. Curiosidades de la historia.


Salimos de la isla de Manhattan por la zona norte cruzando el río Harlem y visitamos en primer lugar el Bronx. Es un condado del estado Nueva York y uno de los cinco distritos metropolitanos que forman la ciudad de Nueva York. La historia cinematográfica reciente se ha encargado de vendernos este lugar como oscuro, peligroso y sede de peleas entre pandillas. Un sitio en el que hasta la policía teme entrar. Pero eso es algo que ha cambiado radicalmente. Evidentemente hay zonas más peligrosas, pero como se pueden encontrar en cualquier otro barrio. 

Este es también el lugar de nacimiento del rap, del graffiti y el hip hop. Visitamos los exteriores del recientemente renovado estadio de los Yankees, equipo de béisbol profesional de Nueva York. Paseamos entre las diferentes zonas, contemplando multiples graffitis que van contando hechos importantes de la historia del barrio y que muchos de ellos se han convertido en memoriales de pandilleros fallecidos en peleas callejeras. Comprobamos como hay zonas caras y lujosas con grandes casas y cuidados jardines y otras mas pobres y deprimidas. Visitamos la comisaría de policía conocida como Fuerte Apache (donde se rodó la famosa película de Paul Newman del mismo nombre).


 

Continuamos después hacia el barrio de Queens al que accedemos cruzando el puente Whitehall. Antes de cruzar el puente pasamos junto a la academia privada de vuelo donde los 19 terroristas de AlQaeda que planificaron y perpetraron los atentados del 11S recibieron su instrucción de vuelo.

Visitamos la zona residencial de Malba, con sus impresionantes mansiones. Llegamos hasta el Flushing Meadows's Corona Park, sede de las dos exposiciones universales que ha habido en la ciudad de Nueva York. Quizás, para muchos de nosotros, es un escenario mucho más conocido por ser el lugar donde se rodaron varias escenas de la película "Men In Black". Cerca del parque está también el Estadio de los Mets y el Estadio Nacional de Tenis.


Nos dirigimos por último a Brooklyn donde recorremos un pequeño barrio conocido como La Pequeña Delhi. Como su propio nombre indica, aquí se concentra la población india de la ciudad de Nueva York. La capacidad de transformación es completa en estos barrios. De repente todos los comercios, las tiendas, los carteles, las personas y su indumentaria nos trasladan a cualquier barrio de cualquier ciudad de la India.

Por último nos acercamos hasta el barrio judío de Williamsburg, considerado la segunda comunidad judía ortodoxa más grande del mundo. El cambio de cultura, religión, costumbres y estilo de vida es brutal. La comunidad ortodoxa es una de las más extremas en la aplicación de la religión. Las niñas son desposadas entre los 14 y los 18 años, momento en el que se afeitan la cabeza y a partir de entonces portarán peluca toda su vida. La mujer no debe ser alguien deseable, sino cumplir su único objetivo que es procrear y cuidar de los hijos. Evitaré mis comentarios a este respecto. Pero me resulta incomprensible que hoy en día haya gente que elija este modo de vida, si es que realmente son libres para poder tomar esta decisión.


 

Terminamos nuestro tour en la entrada al puente de Brooklyn justo a la hora de comer. Aprovechando que el día ha mejorado con respecto al de ayer y no llueve, lo recorremos de nuevo a pie. Hoy podemos observar todo el skyline de la isla de Manhattan al completo y se nota también en el considerable aumento de peatones y ciclistas que lo cruzan.


Comemos en un pequeño restaurante italiano en el distrito financiero de Manhattan, ya una vez cruzado el puente. Pasamos gran parte de la tarde de compras. Primero en Disctrit 21, un conocido outlet y después por el comienzo de la avenida Broadway.


Desde un extremo de Battery Park, zona más al sur de la isla de Manhattan, justo donde se abre ante nosotros la bahía Tomamos el ferry gratuito que conecta la isla de Manhattan con State Island, otro de los cinco distritos metropolitanos de la cuidad de Nueva York. Hacemos el viaje de ida y vuelta, con objeto de ver la estatua de la Libertad, ya que este ferry pasa muy cerca, y ver la silueta de manhattan con sus rascacielos desde la bahía. Cada trayecto no lleva más de 20 o 25 minutos.  


Regresamos en nuestra ya conocida línea de metro, hacemos algo de compra y cenamos en el apartamento. Hasta aquí un día en el que hemos conocido un poco más de la realidad de esta ciudad. Debo decir que me esta gustando conocerla, pero tengo claro que no es un lugar que elegiría para vivir. El guía de esta mañana ha dicho una frase con la que estoy completamente de acuerdo: "Nueva York no es ni fea ni bonita. Es una ciudad llena de cosas curiosas que se han encargado de vendernos a través de la televisión". 


 

El nivel de ruido y de estrés que hay en esta zona es constante. Hay que reconocer que la diversidad y la oferta de actividades culturales es tremenda, pero por contra se sacrifican otros aspectos como la tranquilidad, la naturaleza, la posibilidad de realizar deportes al aire... etc. Aspectos a los que me he acostumbrado y me costaría mucho renunciar porque creo que son los que verdaderamente aportan calidad de vida.

En cualquier caso, es un lugar que hay que visitar. Un lugar que hay que conocer para poder tener forjada una opinion y explorar otras formas de vida, cultura y comportamiento humano.


Podremos decir que hemos atravesado ya el ecuador de viaje, pero que aún nos quedas un montón de visitas y experiencias que os seguiré contando por aquí.

¡Hasta la siguiente entrada!



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23 de mayo de 2017

New York bajo la lluvia.

La lluvia nos despierta esta mañana. Lo cierto es que debe llevar lloviendo varias horas a juzgar por lo mojada que está la calle y los charcos que hay en ella. Y según las previsiones del tiempo, este agua nos va a acompañar hasta las seis de la tarde.


Comenzamos el día según lo previsto: tomando el metro hasta Cadman Plaza Park y desde ahí cruzar andando el puente de Brooklyn hasta la isla de Manhattan. A nuestra salida del metro llueve con mas fuerzas, pero eso no nos impide seguir con nuestros planes.


 

El puente de Brooklyn es todo un símbolo de la ciudad de Nueva York y supuso un hito en la ingeniería civil de la época. En el momento de finalizar su construcción (1883) y durante 20 años, fue el puente colgante más largo del mundo. Tiene casi dos kilómetros de longitud y se dice que está tan bien construido, que a día de hoy sigue en pleno funcionamiento con escasas labores de mantenimiento. Tiene dos calzadas inferiores con tres carriles cada una (una calzada en cada sentido) más una calzada superior para el tránsito de peatones y bicicletas. En total, mas de 23.000 kilómetros de cable de suspensión sujetan el puente.


A pesar de la lluvia, disfrutamos de una de las mejores vistas que se puede tener del skyline del sur de Manhattan. Los rascacielos desaparecen entre la bruma y las bajas nubes recortan los edificios de una manera fantasmal. 


Una vez en el otro lado pasamos por el Ayuntamiento de la cuidad de Nueva York, edificio rodeado de fuertes medidas de seguridad, como ya acostumbramos a ver aquí en los lugares oficiales.


 

Hoy lunes, el distrito financiero hierve de actividad. Personas trajeadas se mueven rápidamente de un lado a otro con un ritmo frenético pero perfectamente organizado, como si de trabajadoras de una colmena se tratase. Muchos de los edificios y rascacielos se encuentran cubiertos con andamiajes inmersos en procesos de mantenimiento o restauración.


Pasamos frente al edificio de La Bolsa de Wall Street y el Federal Hall, el que fuera el primer capitolio de los EEUU de América y lugar donde fue investido George Washington (una gran escultura suya preside la escalinata de acceso).


Continuamos descendiendo la avenida Broadway hasta llegar al famoso Toro de Wall Street, una enorme y pesada escultura de bronce representando un toro embistiendo frente a una niña en actitud desafiante. Según dicen, tocarle sus "partes colgantes" trae buena suerte, y en ello se afanan los integrantes japoneses de una excursión que tienen al toro rodeado.


 

La lluvia continúa sin dar tregua y nos obliga a posponer el paseo en ferry que teníamos previsto para ver La Estatua de la Libertad. Nos acercamos hasta Battery Park para verla desde el mirador, pero la fuerte lluvia y la bruma apenas dibujan su silueta en la lejanía. 


Poco a poco, y bajo nuestros paraguas, nos vamos acercando a la denominada zona cero, el lugar que ocuparon los edificios del World Trade Center y que fueron derribados en los atentados del 11S. 

Al llegar andando lo primero que se encuentra uno son dos enormes huecos en los lugares en los que se alzaban los cimientos de las dos Torres Gemelas. Son dos monumentos idénticos con forma de estanque en los que el agua cae en cascadas y se pierde en la tierra. Alrededor de los huecos unas placas de bronce recuerdan los nombres de las más de 3000 personas que fallecieron como consecuencia de los atentados. La gente pasea en silencio, sobrecogida por lo que representa y porque probablemente, al igual que yo, recuerdan perfectamente lo que estaban haciendo aquel fatídico 11S cuando todo el mundo se quedó paralizado frente a la televisión viendo aquel atroz suceso.


Existe un museo, dedicado a las víctimas y a los acontecimientos que ocurrieron aquel día, en el que se pueden ver partes de los edificios y de los vehículos de rescate que intervinieron, además de grabaciones y documentos gráficos. Hay mucha gente esperando y el mal tiempo nos disuade de hacer cola. Quizás lo visitemos en otro momento si al final nos sobra tiempo. Continuamos hasta un edificio blanco cuya estructura nos resulta bastante familiar. Se trata de la nueva estación y centro comercial del World Trade Center diseñado por el arquitecto español Santiago Calatrava. Sus formas y su color blanco son fácilmente identificables como señas de identidad. Leyendo un poco más vemos que la construcción del edificio se dilató más de lo previsto y tuvo un sobrecoste del 70% sobre el presupuesto inicial: ahora sí que queda confirmado que corresponde a Calatrava. Parece ser que el aumento de costes y el tiempo de construcción es una constante en todas sus obras. Hay que reconocer que el interior es espectacular. Luminoso y diáfano. Jugando con las formas y los volúmenes como pocos arquitectos saben hacer. 


 

En vista de que la lluvia nos limita los planes al aire libre decidimos invertir la tarde en visitar el museo de historia natural, recomendado en las guías y por todas las personas a las que preguntamos. Para los cinéfilos os diré que es el museo donde está inspirada y rodada parte de la película "noche en el museo". Se encuentra en un gigantesco edificio al oeste de Central Park por lo que cogemos de nuevo el metro para llegar hasta nuestro destino. 

Pasan ya de las tres de la tarde y aún no hemos probado bocado. Hoy teníamos comida autogestionada y tan sólo nos faltaba comprar pan para poder prepararnos los  bocadillos. Como no hemos podido encontrar una panadería o supermercado, nada más entrar montamos un pequeño picnic improvisado en la sala de los animales africanos esperando que el olor de las pechugas a la plancha no hagan cobrar vida a los animales como en la película. Aunque realmente estamos más pendientes de que el personal del museo no nos eche el alto y nos ponga de "patitas en la calle". 


Pasamos la mitad de la tarde visitando todas las salas del museo, algunas más interesantes que otras. Estos museos me despiertan una sensación agridulce, pensando que los animales allí mostrados han sido sacados de su medio natural y sacrificados y disecados con este fin. La zona más impactante corresponde con las salas que albergan las reproducciones de los esqueletos de los distintos tipos de dinosaurios. 


Para finalizar la tarde volvemos a la estación de Gran Terminal y visitar la tienda Apple más grande del mundo, donde algún integrante del grupo aprovecha para adquirir un nuevo gadget. La gran cantidad de gente que hay hoy en la estación contrasta con la escasa que había el día anterior. El ser día laborable parece que se hace notar en los transportes públicos. 


 

Aprovechando que ha dejado de llover caminamos por las inmediaciones de la estación y nos dirigimos hasta Times Square para contemplarlo ahora iluminado en la oscuridad. Pasamos por la biblioteca general de Nueva York, impresionante edificio de piedra blanca, que hemos visto en gran cantidad de películas. 


Cenamos en una solicitada, y por lo visto famosa, pizzería del Soho y retornamos al apartamento a buena hora para descansar ya que mañana madrugamos para realizar una excursión por la mañana. 


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22 de mayo de 2017

Interiorizando la ciudad.

Hoy no madrugamos. Nos despertamos más tarde de lo que el sol nos dice que deberíamos haberlo hecho. Como en muchos otros lugares del mundo, aquí no conocen las persianas. Así que desde desde las seis de la mañana la luz inunda todo el apartamento. Los que conocéis mi capacidad de dormir, sabéis que esto no supone ningún problema. De hecho, casi siempre duermo sin bajar la persiana. Pero Rubén no pega ojo desde que sale el sol y Rober, ahí lo intenta. 


Desayunamos en el apartamento y preparamos 'bocatas' para llevarnos para comer. Ya que hoy vamos a salir más tarde por la mañana, perderemos menos tiempo si podemos comer sobre la marcha.


Salimos con la intención de continuar nuestra visita a la ciudad desde donde lo dejamos ayer. Así que nuestro destino en el metro es de nuevo el Empire State. 


La capacidad de adaptación a los cambios que tiene el ser humano, siempre me ha parecido fascinante. Desconozco si es una cualidad muy extendida, o es algo mío, pero siempre noto que en mi caso las cosas suceden de la misma manera. Cuando salgo de viaje, sobre todo a un lugar diferente, el primer día noto que me encuentro desubicado, fuera de esa zona de confort que nos hace sentir que tenemos todo bajo control. Como os digo eso suele ser el primero o los dos primeros días. Pero rápidamente uno empieza a asimilar el paisaje, la gente, las calles, las costumbres, la cotidianidad del lugar... De repente las cosas dejan de parecerte diferentes y comienzas a integrarte en ese lugar. Es en ese momento cuando empiezas a disfrutar realmente de la experiencia de viajar. Es entonces cuando dejas de mirar tu entorno con los ojos de alguien que viene de fuera, para comenzar a vivir las cosas desde dentro. 


 

Hemos convertido el metro en nuestro modo habitual de transporte y ya dejamos de sentirnos unos extraños usándolo. El hecho de repetir líneas y transbordos nos da esa dosis de comodidad que nos hace disfrutar del trayecto. Disfrutar del paisaje (sí, ya sé que he dicho metro, pero tiene muchas zonas abiertas en la que se comporta como si fuera un tren) y de la diversidad de personas que pueblan sus vagones.


Normalmente uno ya sale de las escaleras de la estación de metro mirando hacia arriba. Pero si lo que te encuentras justo al salir es la silueta del Empire State, la sensación es sobrecogedora.


Entramos en los famosos almacenes Macy´s, recomendados en todas las guías de viaje. Pero vamos, que no dejan de ser un "El Corte Inglés" a la americana. Pocas más diferencias.


Nos acercamos hasta el Madison Square Garden, el pabellón deportivo multiusos por excelencia de la ciudad de Nueva York. Es la cancha donde juegan los equipos profesionales de baloncesto, deporte estrella de este país junto con el béisbol. Pero también acoge combates de boxeo, lucha libre y artes marciales. Músicos de todos los estilos han llenado sus gradas y hasta el Papa ha llegado a ofrecer una misa en su interior. 


Comemos sentados en una plaza cercana al estadio, disfrutando de los rayos de sol que hoy calientan hasta una agradable temperatura de 26º. Habrá que aprovechar hoy, ya que parece que los próximos días las temperaturas bajan y la probabilidad de lluvia aumenta. 


 

Desde allí nos dirigimos a la emblemática plaza de Time Square, escenario estos días de un desgraciado incidente, que se hace palpable viendo las elevadas medidas de seguridad a las que se ha sometido la plaza. Se observan grandes bloques de hormigón del cuerpo de policía de Nueva York bloqueando los accesos y parapetando las aceras. Asimismo, la presencia policial se hace mucho más patente en este lugar. Si la gran cantidad de gente que encontramos por todos los sitios de esta ciudad es una constante, en esta plaza hay una concentración aún mayor. Está literalmente abarrotada. Su animación es constante. Y si sumamos la gran cantidad de carteles luminosos que cuelgan de la fachada de de todos los edificios la sensación es abrumadora. No puedo describir con palabras la gran cantidad de estímulos visuales y sonoros que se pueden llegar a percibir aquí.


Continuamos nuestra excursión por el Midtown. Dejamos la avenida Broadway para proseguir por la quinta avenida, que recorreremos hasta su final en Central Park. Llegamos al Rockefeller center, un complejo de 19 edificios comerciales, famoso por colocar en invierno una pista de patinaje sobre hielo o el gran árbol de Navidad que cada año visitan millones de personas. 

Justo enfrente entramos en una enorme tienda de Lego, donde se pueden comprar maquetas de un montón de monumentos de la ciudad o piezas sueltas de cualquiera de los modelos que tienen. ¡Quién hubiera pillado esta tienda hace unos cuantos años!


 

Visitamos ahora la Catedral de San Patricio. Imponente edificio de piedra blanca que contrasta con los oscuros edificios que la circundan. A pesar de sus grandes dimensiones, vista en su contexto parece pequeña, debido a las grandes alturas de los rascacielos que tiene cerca. Es un edificio de estilo neogótico y es el mas grande de estas características de todo América del Norte. Esta es una catedral joven en comparación con las catedrales que tenemos en nuestro país, ya que su construcción finalizó en 1879.


Seguimos ascendiendo por la avenida y pasamos junto a la polémica, y ahora más famosa todavía, Trump Tower (Torre Trump), sede el emporio Trump, actual presidente de los Estados Unidos. La calle que da acceso a la misma se encuentra coartada al tráfico y bajo unas impresionantes y ostentosas medidas de seguridad. Al parecer la mujer y el hijo del presidente siguen viviendo en el lujoso ático que tienen en la torre.


Justo antes de llegar al final de la avenida, y ya en las puertas de Central Park, nos quedamos sin visitar el emblemático cubo de cristal gigante que daba acceso a la icónica tienda de Apple de la quinta avenida.  Se encuentra en obras de ampliación y en su defecto han habilitado una tienda temporal en los bajos de un edificio cercano.


Nos adentramos por fin en Central Park y las siguientes horas las pasamos recorriendo muchos de los múltiples caminos y senderos que hay en su interior. Se trata de un enorme parque en el centro de Manhattan con un montón de especies diferentes de plantas. Alberga varias lagunas, lagos y estanques. El estanque principal lleva el nombre de Jacqueline Kennedy Onassis. Este estanque es famoso por una pista para correr de 2,5 kms que lo rodea.

No sabemos si es por ser domingo, por hacer buen tiempo o si esto es una constante, pero lo cierto es que el parque rebosa vida por todos sus rincones. Multitud de gente se agolpa en la entrada del zoo; se tumba en sus múltiples praderas; rema con los botes en los estanques o hace una amplia diversidad de deportes al aire libre, como correr, bici, yoga o taichi. 


 

Abandonamos el parque por la salida Este y visitamos el exterior del museo Guggenheim, mucho menos espectacular que su homónimo bilbaíno, dicho sea de paso.


Recorremos Park Avenue hasta la estación de Gran Central Terminal, casi tres kilómetros en los que caminamos por una de las zonas más caras y lujosas de Nueva York. Queda patente por los edificios, sus entradas cubiertas con toldos y atendidas por trajeados conserjes y el lujo de los coches aparcados en sus calles.


Llegamos así a la estación de Gran Central Terminal y desde el momento en el que visualizamos su gran nave central, nos parece estar inmersos en una película americana, por tantas veces que esta estación habrá salido en la gran pantalla. Ostenta el record de ser la estación más grande del mundo con 44 andenes construidos y 67 vías a los largo de la estación.


 

Ya para finalizar el día y mientras localizamos un Five Guys (famosa hamburguesería) caminamos bajo uno de los rascacielos más conocidos y emblemáticos de Nueva York, el Edificio Chrysler, que con sus casi 320 metros de altura sigue siendo uno de los mas altos del skyline neoyorkino (el quinto en concreto). Ostenta el record de ser el edificio de ladrillo mas alto del mundo, aunque su estructura sea de acero.


Tras la cena, los 40 minutos de regreso en metro a nuestro apartamento y los más de 18 kms andados en nuestro pies, llegamos exhaustos. Caemos rendidos rápidamente, preparando mentalmente el que será nuestro próximo día en la gran manzana. 

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21 de mayo de 2017

Primeros pasos.

Madrugón. Cinco y media de la mañana y ya estamos en pie. Contando que ayer nos quedamos dormidos a eso de las seis y media de la tarde (todo hora local ya), podemos decir que hemos dormido once horas. Algunos (yo) de un tirón. El viaje, los vuelos y el cambio de hora nos habían dejado exhaustos. Así que una vez recuperados, nos enfrentamos a nuestro primer día completo e la gran ciudad.

Después de un suculento, energético y espeso desayuno en el apartamento nos lanzamos a la calle. Sorpresa cuando la sensación térmica que nos encontramos hoy es justo opuesta a la de ayer. Si ayer era un calor sofocante, hoy casi frío. La máxima esperada para hoy es de 19º, cuando ayer fue de 32º. Pero que eso no nos impida salir en pantalón corto. Que se note que somos del norte.

 
El apartamento esta bastante bien comunicado. Localizado entre las líneas J y C de la red de metro de Nueva York, a unos diez minutos andando de cada una de ellas. En la estación de metro de Halsey Street sacamos el Metrocard, un bono para el transporte público valedero para 7 días, que esperamos rentabilizar al máximo.

No puedo pasar sin comentar cómo está el sistema de pagos con tarjeta en este país. Lo primero que aquí el pagar con tarjeta es lo habitual. Absolutamente en todos los comercios y establecimientos se permite el pago, por pequeña que sea la cantidad. En unos tienes que firmar y no te pide el pin. En otros te pide el pin y no firmas. En otros, cuando efectúas el pago, te preguntan si quieres a débito o a crédito (aunque tu tarjeta se solo de débito). En otros no hace falta ni que firmes ni que pongas el pin. Pero ¡si mi tarjeta siempre necesita pin!. Pues es igual, ahora ha dejado de necesitarlo. Por supuesto, en ningún sitio comprueban la titularidad de la tarjeta. Ni con el pasaporte ni con ningún otro documento. Ni a extranjeros ni a locales. Si te encuentras una tarjeta bancaria en la calle creo que no tendrás ningún problema en utilizarla mientras esté activa. Y lo más curioso es la proliferación de cajeros automáticos en cualquier parte y establecimiento. ¿En un bar? Al fondo a la derecha, junto al baño. ¿En un restaurante? Al lado de la terraza. ¿En un kebab? Al lado del mostrador. Pues lo que os digo, en cualquier parte.

Según os estaba contando hemos adquirido el Metrocard. Evidentemente pagamos con tarjeta pero, esta vez para ampliar la oferta de posibilidades, no nos solicita ni el pin ni la firma sino el codígo postal. No me preguntéis. El caso es que lo hemos introducido y se ha procesado la compra.

Chinatown 
El elevado numero de líneas de metro, los diferentes nombres para alguna de ellas en función de si es diurna o nocturna, y la gran cantidad de desvíos, obras y labores de mantenimiento que se dan en esta red, no la hacen una de las más fáciles de transitar (todo según mi opinión). Así como hay otros metros de otras ciudades que no tienen pérdida, en este se hace necesario una dósis extra de atención.
Completamos un viaje de unos 40 minutos hasta llegar a Chinatown. Damos un paseo por sus animadas y ajetreadas calles donde no faltan pequeños mercados y puestos al aire libre de frutas y pescados principalmente. Paseamos hasta llegar al templo de Mahayana, mayor templo budista de Chinatown. Allí contemplamos un enorme Buda dorado de 5 metros de altura, en la posición del loto y rodeado de ofrendas de frutas y flores. El templo está ubicado justo enfrente de la entrada de vehículos del puente de Manhattan. La actividad es frenética, a pesar de ser sábado. 
Una vez dentro del templo hacemos una pequeña ofrenda al Buda y cogemos un papel de la suerte, que nos habla de nuestro destino. El de Rober excelente, el de Rubén no muy halagüeño y el mío incierto. Por 1$ ¿qué quieres?.
Desde allí nos vamos hasta Columbus Park, lugar donde la comunidad china se reúne para interminables partidas de cartas y de mahjongg

Puente de entrada a Manhattan 

Continuamos hacia la Little Italy, por Mulberry Street. Pasamos por numerosos restaurantes y locales italianos, cerrados la mayoría a estas horas de la mañana. Pasamos junto a la antigua catedral de San Patricio. Es una iglesia de estilo neogótico de principios del siglo XIX. La actual catedral esta en MIdatown, en la quinta avenida, que esperamos visitar los próximos días.
Llegamos hasta la famosa avenida de Broadway, junto con la quinta avenida, una de las más famosas de Nueva York. En ella se encuentran muchos de los teatros de la oferta cultural de esta ciudad. La mayoría representan famosos musicales y óperas. Como curiosidad decir que esta avenida es la mas larga de Nueva York, con 33 kms de longitud, y que actualmente ostenta el record mundial de precio para compra y alquiler de propiedades.

Edificio Flatiron 
Pasamos el resto de la mañana paseando por parte de la avenida Broadway y por el barrio del SoHo. Barrio que se hizo famoso por la gran cantidad de artistas que se instalaron en él. La mayoría en fabricas y comercios abandonados reconvertidos en lofts. Como curiosidad decir que se encuentra al sur de la calle Houston, y de ahí viene su nombre (South of Houston Street). Entramos en muchos comercios de firmas conocidas, que aprovechan este lugar, para mostrar al mundo sus escaparates y tiendas más icónicas.

Comemos en un pequeño restaurante italiano localizado en la sexta avenida, donde casi la mitad de la plantilla habla español. Mejicanos y latinos pueblan esta ciudad, haciendo del español el segundo idioma más hablado. Así que no es difícil conseguir entenderse en esta ciudad aunque uno no tenga grandes conocimientos de inglés.

La tarde la invertimos en recorrer parte de la quinta avenida. Desde el parque de Washington Square llegaremos hasta el edificio del Empire State. Pasando por el Madison Square Park y por el famoso edificio Flatiron. Un curioso rascacielos que ocupa una manzana triangular y que uno de sus vertices es extremadamente estrecho, con tan solo dos metros de anchura. 87 metros de altura y 22 pisos de altura lo hacen uno de los rascacielos más antiguos de Nueva York.

Antes de llegar a Madison Square Garden nos encontramos parte de la avenida Broadway cortada por un peculiar y ruidoso desfile de comparsas latinas bailando al ritmo de música de salsa. Finalizando el desfile van un numero indeterminado de personas que bailan a ritmo de Dj y que dan la sensación de haber consumido hongos en mal estado o algo similar. 

Empire State Building  
Llegamos hasta el Empire State Building. Rascacielos localizado en el corazón de Nueva York, concretamente en el centro de la Midtown. Con una altura de 443 metros fue el edificio más alto del mundo desde que se finalizó su construccción en 1931 hasta el año 1972, momento en el que fue superado por las desaparecidas Twin Towers (Torres Gemelas). Hoy en día vuelve a ser el segundo edificio más alto desde que en el 2012 se finalizara el One World Trade Center en la denominada zona cero (solar que dejaron las torres gemelas).
La intención que teníamos era coger las entradas para verlo otro día, pero en vista de que hay poca gente, extraño para ser sábado, decidimos hacer la visita hoy. Cogemos acceso para subir a los dos observatorios: localizados en las plantas 86 y 102 respectivamente.
Y así pasamos unas horas empapándonos de la historia de este edificio y contemplando una de las vistas más espectaculares que se pueden tener de esta ciudad.

 Regresamos al apartamento para cenar, ducharnos y prepararnos para salir un rato por la noche y conocer la ciudad y la "marcha" neoyorquina. Una vez caída la noche y encendidas todas sus luces, la ciudad ofrece un aspecto distinto, vibrante, tremendamente vivo, sus calles llenas de gente en lo que parece ser un intento de continuar permanente la vida de sus habitantes.
Seguimos utilizando el metro y rentabilizando nuestro Metrocard para desplazarnos, tanto a la ida como a la vuelta. El servicio funciona toda la noche, lo único con una disminución del número de trenes. No se percibe inseguridad ni en el metro ni en las calles.
Una pequeña vuelta y dos bares después estamos los suficientemente cansados como para volver al apartamento, durmiéndonos por turnos en la hora que nos cuesta el viaje de regreso. 

Caemos rendidos. Unos 14 kilómetros andados durante todo el día han hecho mella, y aún quedan muchos días por delante.

Vista desde el observatorio del Empire State 
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20 de mayo de 2017

Cruzando el charco

 
Después de un tiempo de inactividad viajera, aquí estamos inmersos en una nueva escapada. Esta vez algo mas corta que las anteriores y con menos dosis de aventura. Dejamos mochilas y autocaravanas para sumergirnos de lleno en el corazón de una de las ciudades más bulliciosas y vibrantes del mundo. New York, allá vamos.

Os contaré, como siempre, cómo se gestó el viaje. Tres amigos estaban organizando un viaje a Nueva York allá por el més de noviembre. En cuanto oí la palabra viaje y no teniendo ninguno en ciernes para el primer semestre del año, no pude dejar pasar la oportunidad de enrolarme. He de decir que en Nueva York ya había estado. Pero hace, que se dice pronto, la friolera de unos 24 años. Fue uno de los veranos que vine a aprender inglés con una familia americana en Utah. En uno de los viajes de regreso a casa, nuestro vuelo de Salt Lake City a New York aterrizaba muy pronto por la mañana y el vuelo charter de vuelta a Madrid no salía hasta última hora de la noche. La organización nos preparó un tour por la gran manzana, para evitar que estuviéramos todo el día aparcados en la terminal del aeropuerto.
Así que mi experiencia fue corta y prematura. Aquí estamos ahora para completar esa experiencia y darle a esta ciudad la oportunidad de descubrirse un poco más y mostrarnos todo lo que estos diez días den de sí.

Si todo va según lo que hemos planeado (y eso que ya sabéis que no me gusta planear en exceso los viajes) dedicaremos un día para acercarnos hasta Washinton D.C. Pero eso ya lo iremos viendo.

Tengo también un amigo que vive aquí, al cual "explotaremos" (no se si leerás esta entrada Emerson ;-)) pertinentemente en función de lo que su trabajo le permita. Qué mejor que conocer Nueva York de la mano de uno de sus habitantes.

Como no hay viaje exento de contratiempos, el primero no se hace esperar. Y nos ocurre incluso antes de comenzarlo. De los cuatro integrantes iniciales, Ángel se ve obligado a descolgarse en el último momento. Un problema de última hora le impide venir con nosotros y se ve obligado a quedarse en Pamplona. Así que Rober, Rubén y yo comenzamos esta aventura con una baja en el equipo.

El día antes del viaje, jueves 18, no puede estar más ocupado. Por la mañana jornada de trabajo bastante atípica y por la tarde se suceden nuemerosos encuentros de despedida. Tanto es así que son las 12 de la noche cuando estoy terminando de hacerme la maleta. Esta vez es tarea sencilla. No hay que andar pendiente de pesos, ni volúmenes ni de que todo encaje en la mochila. Casi se me hace extraño.

 

A las 05:20 de la mañana un taxi nos recoge para llevarnos al aeropuerto y para las 05:30 ya estamos en él (cosas de vivir en un sitio con distancias cortas). Llegamos los primeros al mostrador de facturación de Iberia justo en el mismo momento en el que se abre. Nos recibe una "espitosa" trabajadora de dicha compañía que nos pone las pilas rápidamente: que si venga, que si rápido, que si vamos... ¡Qué estrés!
Mientras esperamos en la entrada-cafetería-sala de espera-única sala del aeropuerto, recibimos una inesperada visita de despedida. Mi amiga Ro se ha acercado hasta el aeropuerto para despedirse de nosotros. Lástima que no hayas podido venir con nosotros, pero no te preocupes socia, que en el próximo viaje largo de este año nos vamos juntos. No faltan en los 30 minutos que estamos con ella risas, ironías, sarcasmos y como siempre, mucho cariño.

Encadenamos los dos vuelos sin problemas. El de Pamplona-Madrid, apenas 40 minutos. Cambio de terminal. Paso de controles (Rober casi no supera el examen de American Airlines; no debía haber estudiado lo suficiente). Y por último las 8 horas del vuelo a Nueva York. Viajamos en la cola de un antiguo avión 787 de American Airlines, que prácticamente vuela completo. Pocas comodidades: sin enchufes, sin pantallas individuales y con poco espacio para los que tenemos unas piernas más largas que la media. Pero he de decir que no se me ha hecho excesivamente pesado. Tras varios ratos de juegos, lectura, risas, paseos, "robos" de galletitas saladas a la tripulación y ver "Tomates verdes fritos" por "n" veces (nunca me cansaré de ver ese clásico), llegamos puntuales al aeropuerto internacional J.F. Kennedy de Nueva York. El paso de aduanas se hace un poco lento, pero tampoco en exceso. Llegamos a la "garita" del policía de aduanas donde nos controlan la documentación, nos toman las huellas de ambas manos y nos fotografían. ¡Ya estamos fichados!

Salimos de la terminal y nos abofetea una oleada de aire caliente y pegajoso. Son las 14:00 horas (recordad que aqui son 6 horas menos que en la península) y hay 32º. Nos quitamos toda la ropa que podemos y esquivamos a los taxistas piratas que nos abordan, intentando cobrarnos el doble que los taxis oficiales (los clásicos "yellow cubs"). Un trayecto de unos 40 minutos en taxi nos acerca hasta el barrio de Brooklyn, donde tenemos alquilado el apartamento. Lo hemos reservado a través de Airbnb y hay que decir que esto es todo un acto de fe. Tenemos una dirección, un teléfono de contacto y la clave para teclear en la entrada del edificio. Eso es todo. El taxista nos deja a la primera enfrente de nuestro edificio. Pagamos con tarjeta el trayecto desde el aeropuerto y nos sorprende como tienen una pantalla táctil en la parte trasera del taxi en la que seleccionas la propina que "quieres" (aquí es una obligación) dejarle, ésta se suma a la carrera del taxímetro y te cobran la cantidad completa. 

 

En la entrada del edificio nos encontramos con nuestro anfitrión y comprobamos que todo es tal cual estaba descrito. Todo funciona. Y las fotos del apartamento son tal cual estaban publicadas. Establecemos la que será la "base de operaciones" para los próximos diez días. Nos acomodamos rápidamente y salimos al exterior en busca de un supermercado para hacer un primer avituallamiento. Seguimos las indicaciones de nuestro casero y llegamos caminando hasta un "key food", cadena de supermercados local. Una vez dentro comprobamos asustados, como los productos están al doble de precio (como mínimo) que en cualquier supermercado de España. No sabemos cuanto será el sueldo medio de una persona aquí en Nueva York, pero o es el doble que el nuestro, o ya entendemos porque se van a comer hamburguesas por 1$  al McDonalds en lugar de hacer la compra. Ya nos iremos enterando.

 

Resulta muy "cinematográfico" caminar por las calles y entre los edificios que hemos visto tantas y tantas veces en las películas americanas. Los coches de policía del NYPD, los camiones americanos, los Dodge, los pick up... Todo es tan cercano y la vez tan distinto que no deja de crearte una sensación extraña de falsa familiaridad.

Llegamos al apartamento de nuevo y preparamos algo de comer. Somos incapaces de etiquetarlo. No sabemos si es comer, merendar, cenar... Son las seis de la tarde aquí, pero medianoche en casa.

Y así finaliza nuestro primer día. Digo finaliza porque hablando sobre lo que podemos hacer en nuestra primera noche nos quedamos dormidos agotados y amanecemos a las seis de la mañana del día siguiente. Casi 12 horas seguidas. Y así estamos ya recuperados y preparados para enfrentarnos a un nuevo día. 

 
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11 de septiembre de 2016

Últimos días en Escocía

Finalizamos la anterior entrada aparcados en un parking de larga estancia en Fort William. Y en ese punto amanecemos. Alberto se encarga de gestionarnos el plan para hoy. Él (y su inglés) se las apañan para conseguir entradas para hacer una excursión en el Jacobite Steam Train. Un auténtico ferrocarril de vapor a la antigua que ha sido declarado por la revista Wanderlust como el recorrido más espectacular en tren del mundo.
El trayecto del Jacobite Steam Train comienza a las 10:20 de la mañana y termina a las 12:25 en un precioso pueblo costero llamado Mallaig. Por la tarde regresa a las 14:10 de este pueblo y llega de nuevo a las 16:00 a Fort William. Hay que destacar que el punto de partida del recorrido es a los pies de la montaña más alta de toda Gran Bretaña y que su vía circula paralela al Loch Morar, el lago de agua dulce más profundo de Gran Bretaña. Otro tramo que hay que resaltar durante este viaje, es cuando cruza el viaducto de Glefinnan, el viaducto que ha hecho famoso las peículas de Harry Potter, ya que es el tren y viaducto que atraviesan los jóvenes magos que van al castillo de Howarts. El interior del tren es todo de madera y es curioso comprobar cómo, al igual que antaño, los túneles que atravesamos se llenan de humo al pasar por ellos.

Viaducto de Glefinnan
En el pueblo de Mallaig no tenemos mucho tiempo, pero aprovechamos para dar un paseo por el puerto, ver el atraque de un gigantesco ferry y degustar el famoso "Fish and chips" en uno de los muchos locales que se abren ante la gran afluencia de turistas que trae cada día este tren.

Una vez de vuelta en Fort Wiliams emprendemos camino hacia unas cascadas de agua cercanas, a los pies del Glenn Nevis, la montaña más alta de Gran Bretaña de la que hablábamos antes. Y después de aquí enfilaremos el camino hacia Edimburgo, donde ya devolveremos la que ha sido nuestra casa rodante durante 7 días. No haremos todo el camino seguido, sino que llegamos hasta el pueblo de Tarbet donde dormimos en un bonito paraje frente aún embarcadero del lago Lomond. Y al día siguiente desde allí rodamos las últimas millas hasta el local de alquiler de la autocaravana. Como si fuéramos un equipo de boxes de una escudería de fórmula uno, realizamos todas las tareas previas a la devolución: hacer maletas, vaciar armarios, limpiar, vaciar water químico, vacías aguas sucias y repostar combustible. Todo en un tiempo récord para estar devolviendo la autocaravana a las 11:15 bajo un intenso aguacero. Ahora se trata de que en la revisión que realiza el personal de la empresa de alquiler no encuentren ningún desperfecto, que descontarían de la fianza de 1000 libras que hemos depositado. Hay un pequeño momento de tensión cuando detectan un plástico de la esquina del guardabarros trasero que esta rajado uno 3 cms, pero que finalmente no le dan importancia.

Royal Mile
 

Ya desprovistos de nuestro caparazón rodante, nos dirigimos en taxi hasta Edimburgo, donde pasaremos los tres días restantes hasta nuestra vuelta a España. De alojamiento hemos reservado un pequeño apartamento relativamente cercano al centro, a unos 10 minutos andando de la zona de Grassmarket y unos 15 del castillo. Ningún lujo, pero muy correcto para el uso que le vamos a dar, que es básicamente dormir.

La primera tarde la invertimos en familiarizarnos con el la arte más céntrica de la ciudad, la Old Town. Plano en mano nos movemos por sus calles principales pasado por la animada zona de Grassmarket, con sus pubs y sus restaurantes, para llegar y recorrer la famosa Royal Mile. Es la artería principal de la Old Town y conecta el Castilo de Edimburgo con el Palacio de Holyrood. En realidad la calle no se llama Royal Mile, sino que es la suma de varias calles que se suceden unas a otras en línea recta, pero que es conocida porque es lo que da valor a una Milla Escocesa, 1800 metros (algo más que una milla británica) y que es la distancia que separa ambos monumentos que antes os he nombrado.

También cruzamos por el puente que nos lleva a la New Town y caminando llegamos hasta la colina de Calton Hill, al final de Princes Street, donde visitamos los monumentos que por ella se despliegan: el Monumento Nacional, el monumento al almirante Horatio Nelson, un observatorio astronómico (muy útil en una ciudad casi siempre cubierta de niebla, según nos comentan en uno de los tour guiados). A este conjunto de monumentos se le conoce con el apodo de "La Atenas del Norte" debido al estilo escultórico con el que fueron edificados.

El día siguiente será un día completamente cultural, o como nosotro le hemos llamado, un "Maratour", un maratón de tours. Realizamos por la mañana un free tour (tour gratuito) de la empresa Sandeman´s por toda la ciudad, de unas 3 horas de duración. Después realizamos el tour del castillo de Edimburgo, de unas dos horas de duración, más la visita libre al castillo. Y por último finalizamos con un tour nocturno de dos horas sobre "El lado oscuro de Edimburgo". Los tres realizados con la misma empresa y que desde aquí aprovechamos para recomendar ya que aportan un valor añadido a la visita de la ciudad y sus monumentos. Quizás el que ha sido más pobre ha sido el del castillo, pero los otros dos, merecen la pena encarecidamente. Si tenéis ocasión de tener como guía a Pascual, seréis afortunados, porque es un auténtico "crack".

Vistas desde Canon Hill
 

Edimburgo es ciertamente una ciudad con una historia apasionante. Historia que está por todos lados. Todas sus calles, sus monumentos, sus edificios te cuentan un poco de la ciudad. Está repleta de callejones adoquinados y oscuros rincones que fueron escenario de las más terribles historias. Preciosos jardines y cuidados cementerios abiertos las 24 horas, donde la gente acude para hacer actividades cotidianas como pasear, leer, escribir o incluso botellón. Como dicen aquí, la muerte convive entre los vivos. La mayoría de los muestro son gratuitos, algo que contrasta con el elevado precio de la entradas que hemos pagado por visitar todos los castillos que hemos ido narrando en el blog.

Si algo merece una especial atención es el castillo de Edimburgo. Monumento que por su ubicación se divisa desde toda la ciudad. Esta imponente fortaleza se levanta sobre la colina de Castle Hill, justo encima de un antiguo volcán ya extinguido. Es uno de los monumentos más visitados de todo Escocia y el Reino Unido. El castillo está formado por numerosas construcciónes, algunas anexas entre sí, otras independientes. Edificios de diferentes épocas que dejan constancia de la evolución que el castillo ha sufrido a lo largo del tiempo. La más antigua de todas ellas se encuentra en la zona superior o castillo antiguo y es una pequeña capilla (Capilla de Santa Margarita) que data del siglo XII, y que no solo es el edificio más antiguo del castillo sino de todo Edimburgo.

El tour nocturno del lado oscuro lo realizamos bajo unas condiciones climáticas un tanto adversas, pero muy comunes en esta ciudad. Lo cual aporta un poco más de dramatismo al ya de por sí mucho que aporta nuestro guía Pascual. Nos irá llevando por diferentes lugares de la ciudad en los que ocurrieron episodios de la historia más negra de esta ciudad. Muy recomendable si se quiere conocer la ciudad desde otra perspectiva y alguna que otra historia no tan conocida.

Panorámica de Edimburgo
En un pub local Rocio y yo nos atreveremos a degustar el plato típico escocés: el Haggis. Plato que consiste en un pesado embuchado realizado con vísceras de cordero u oveja (pulmón, estómago, hígado y corazón) mezclado con cebolla picada, harina de avena, hierbas y especias, todo ello embutido dentro del estómago del animal y cocido durante varias horas. Una vez cocido se abre y se sirve con puré de patata y de boniato. Y para ser sinceros, a pesar de lo poco apetecible que pueda sonar la descripción, está francamente bueno. Todo el mundo coincide en que es bastante parecido a una morcilla.

Yate Britannia
 


La mañana del último día la utilizaremos en visitar el Britannia, el que fuera durante 43 años el yate de Estado o de representación perteneciente a la Corona Británica. Está en desuso desde el año 1997 y desde entonces se puede visitar como un museo flotante. Durante la visita se puede hacer uno una pequeña idea del lujo que rodea a la familia real Británica, como por ejemplo el hecho de que el equipaje de la reina pese 3 toneladas o que el séquito de personas que le asisten personalmente en un viaje rondaba los 45. Sorprende el buen estado de conservación del mismo, a pesar de que casi han pasado 20 años desde que perdió su función de embajador de los mares.

Ya por la tarde sólo nos restará hacer alguna pequeña compra y despedirnos del viaje y de la ciudad. Todos coincidimos en la sensación de que ha sabido a poco, de que los días se han pasado demasiado rápido y de que como todas las vacío es, éstas debieran durar más. Pero, para pode irse a un nuevo destino, primero hay que volver, y eso es lo que haremos durante todo el domingo: primero taxi al aeropuerto, después avión Edimburgo-Madrid, seguiremos con cercanías a la estación de Atocha, tren de Madrid a Pamplona, y por último taxi de la estación a casa. Todas los finales de viaje tienen un punto triste y este podemos decir que un poco más. Pero la vida continúa y os animo desde aquí a leerme en el próximo viaje, que aún ni siquiera está en proyecto.

Vista del Castillo de Edimburgo desde Grassmarket
Desde estas líneas agradecer a mis tres compañeros de viaje la experiencia, su paciencia y buena disposición. A Ro además agradecerle todas las fotos que ha hecho durante el viaje, y prácticamente todas las que aparecen en el blog. A Lore por vencer su miedo a volar y demostrar que lo que uno se propone, se puede. Y a Alberto, que está aficionando a los viajes y que no haya tres sin cuatro. Y como no, a todos los que me habeís seguidos y habeís disfrutado un poquito de Escocia leyendo nuestras andanzas.

Hasta el siguiente.

¡Ese equipo de viaje!
 



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